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Cuadernos 551

Invenciones y ensayos, Cuadernos hispanoamericanos, nº 551, mayo de 1996, pp. 61-70


  • De Montaigne a Arciniegas: la escritura y la construcción del ser americano

Una de las características del intelectual hispanoamericano ha sido su participación en la construcción del continente, no solo desde el ejercicio de las letras, sino desde lo que podría llamarse el ejercicio de las armas, su papel combativo y polémico en momentos cruciales de la historia. El creador, en América, como señala Graciela Maturo, «es a menudo un agudo teórico que no solo analiza y comprende su propia creación: avanza haciendo de ella un espejo del mundo y de sí mismo, hacia más amplios niveles de comprensión e interpretación» (1). En ese proceso creador ha sido de vital importancia la comprensión del otro, circunstancia que surge desde el momento del descubrimiento y que empuja a ensayar caminos para definir una identidad cuestionadora y conflictiva, siempre en relación con ese otro que es también parte de uno mismo. Por sus características, el ensayo se ha adecuado más que ningún otro género a las necesidades expresivas del intelectual hispanoamericano que ha encontrado en la escritura una posibilidad de ser.

Recordemos la clásica definición del ensayo de Alfonso Reyes: «Este centauro de los géneros donde hay de todo y cabe de todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede responder ya al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera ... cantado ya por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía» (2).

Las características que subrayo sirven también para explicar la función del ensayo en la configuración de lo americano entendido como proyecto, como forma híbrida inconclusa y en proceso de gestación, siempre en busca de su expresión. El colombiano Germán Arciniegas en Nuestra América es un ensayo (3) ya señalaba los orígenes del género en el momento del descubrimiento, con Vespucci y Colón, quienes discuten los temas que ocuparán gran parte de la ensayística hispanoamericana a lo largo de su historia: los seres humanos y el medio geográfico en el que se desarrollan. 

Arciniegas plantea que el ensayo no nace con Montaigne, sino mucho antes, con el Almirante y con cronistas como López de Gomara, en cuyos textos se inspira el autor francés para criticar, entre otras cosas, la política colonialista española. Lo que el colombiano pretende demostrarnos es que América proporciona la materia de un género en el que tan cómodamente se instala la mentalidad renacentista. Tales afirmaciones nos resultan enormemente sugestivas porque afianzan la idea de que América es ante todo sustancia, materia genésica y, a la vez, origen del pensamiento moderno, de ciencias tan nuevas como la sociología que, según el autor, no surge con Comte, sino con los cronistas, cuyas observaciones dan lugar a perturbadoras comparaciones.

Con esta teoría, Germán Arciniegas (Bogotá, 1900) imprime una tonalidad distinta a ese diálogo entre lo europeo y lo americano que dinamiza gran parte de la producción literaria en Hispanoamérica. Desde su primer libro, El estudiante de la mesa redonda (4) este colombiano ha polemizado con los europeos, como Hegel y Papini, cuestionando sus teorías sobre América y los americanos, enfrentando a sus razonamientos la magia y la poesía de un continente que rechaza todas las clasificaciones, defendiendo la diferencia frente a las tesis sobre la inferioridad de estos pueblos, proclamando la pluralidad cuando el mundo estaba dividido en dos bloques ideológicos y desdramatizando los hechos de la conquista con altas dosis de humorismo.

Como teórico y maestro del género, Arciniegas fija los rasgos de lo americano en una extensa obra que abarca más de cincuenta títulos en los que cabe de todo: la historia, los seres humanos, la naturaleza, la poesía, las costumbres, la magia, etc. En ensayos como América tierra firme (5) es evidente su apropiación del modelo de Montaigne tanto en la estructura del texto como en los recursos que utiliza para persuadir al lector. «De la edad del bejuco a la edad del cerrojo», un capítulo en el libro arriba mencionado, evoca textos como «Los coches» en el tercer tomo de los Essais (6) donde Montaigne utiliza como disculpa la reflexión sobre la función social de los coches para manifestar su rechazo por el lujo de ciertos imperios, a la vez que lamenta el sometimiento de las tribus americanas por los españoles a quienes encuentra codiciosos y brutales.

Veamos el orden de exposición de las ideas de Arciniegas en el ensayo mencionado y los trucos que utiliza para capturar a los lectores.

En la introducción el autor expone la tesis del dominico francés M. J. Lagrange sobre el origen de las puertas: "El primer golpe de genio y el primer rasgo de audacia no fue la conquista y la invención del silex de Thenay, sino con toda seguridad la invención de las puertas, la colocación de una piedra gigantesca en medio de la entrada, por cuyos lados pudiera pasar el hombre y ninguno de sus grandes y voluminosos enemigos» (7).

A continuación refuta la teoría, poniendo en duda su universalidad, cuestionando no solo lo que se dice, sino desde dónde se dice. Las generalizaciones europeas son para el colombiano un problema de perspectiva. "El francés -sugiere Arciniegas- tiene un sentido que le es peculiar: el del ahorro, el de la economía». Tal característica, afirma de manera arriesgada, degenera en el defecto de la avaricia que se filtra en los juicios del autor. "El ilustre señor Lagrange, al querer hacer una filosofía universal apoyándose en el invento de las puertas, se ha limitado a presentarnos una fotografía psicológica del francés, que posiblemente no nos servirá de base para analizar un proceso semejante tomando a América como punto de partida» (8).

Para refutar las afirmaciones de Lagrange, Arciniegas se sitúa en su perspectiva de americano: "Yo no sé si sea una presunción excesiva la de creer que nosotros, los habitantes de esta América, estamos más cerca del salvaje, y aun del hombre primitivo que de los muy civilizados de la cultísima Europa». Así deja en el aire una duda, para después aclarar su perspectiva con otra ironía: "Pero la verdad es que me siento más cerca de los días simiescos de la creación de lo que supongo habrá de sentirse el señor Lagrange» (9)

Esta defensa de lo salvaje parece responder al dilema de Sarmiento, civilización o barbarie (1O), enfrentando a las teorías eurocentristas el paisaje americano donde están gran parte de los argumentos de Arciniegas: "Y mirando el paisaje primitivo de América, no veo la puerta sino como una invención muy posterior en el desarrollo intelectual del hombre». El autor relaciona la puerta con un momento de la historia del ser humano que va del paso a la lucha por la conservación de la especie a la explotación del hombre por el hombre: "Se me ocurre que esa puerta de pura roca, si bien pudo ser útil en el caso de ciertos pueblos, no debió generalizarse entre los hombres sino cuando su lucha pasó a ser la de la defensa de la especie para convertirse en la lucha del hombre por el hombre» (11).

Otra de las tesis que refuta Arciniegas es la de que los pueblos primitivos fueron todos cavernarios, obviamente, por razones de tipo medioambiental:

"Lo mismo en las épocas prehistóricas que en las actuales, en esta carcasa de planeta han existido climas y circunstancias. De una zona a otra cambian la flora, la fauna, el paisaje, y es muy verosímil que hubiesen existido hombres primitivos no cavernarios» (12). A continuación, recurre a la ironía para cuestionar el complejo de inferioridad de algunos hispanoamericanos: «Yo sé que esta afirmación entristecería a muchos de mis conciudadanos que desearían tener progenitores de las cavernas para exhibir una prosapia de tipo europeo y justificar ancestralmente algunas de sus ideas ... » (13).

Para convencer al lector, Arciniegas no solo recurre a argumentos como el determinismo ambiental y la diferencia, sino que refuerza sus afirmaciones bajo la forma de un testimonio personal: «Yo traje del Amazonas, y la conservo en un museo de curiosidades, una piedrecilla del tamaño de un grano de maíz. El mérito de esta roca consiste en que es la roca de mayor tamaño que se puede hallar en estas regiones» (14). Y para rematar su exposición de motivos y la fuerza de sus convicciones, el autor se dirige a sus lectores como si buscara la complicidad de los amigos. «Yo quiero que todos mis amigos que me leen participen de mi propio desconcierto y se convenzan de que nosotros los americanos vivimos en un mundo arbitrario, en países exóticos y estrambóticos, en un gongorismo geográfico que elude las clasificaciones de los sabios europeos» (15).

Elevando la temperatura moral de un lector cautivo por el mágico poder de su palabra, el escritor evoca la historia de América, citando a los cronistas como Juan de Palafox y Mendoza que describe el modo de vida de los indígenas americanos: «Conténtense con un pobre jacal por casa, y en sus tierras, donde no hay sino indios, no tienen más cerradura en sus puertas que la que basta a defenderlas de las fieras, porque entre ellos no hay ladrones ni que hurtar, y viven en una santa ley sencilla y como era la de la naturaleza» (16).

Tal defensa de lo americano es sin duda una reacción entusiasta, posible gracias al clima creado por las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX. Arciniegas es uno de esos americanos que, como Asturias, realizaron el viaje a Europa que resumía la quimérica búsqueda de la modernidad de sus antepasados. Pero al llegar a la mítica ciudad de París donde rabiosamente se ensayaban tantas propuestas estéticas y se lanzaban tantos manifiestos contra la razón y las costumbres burguesas y en defensa de un pensamiento mágico y de un arte primitivo y puro, descubrieron que la idea de la decadencia se apoderaba de Europa y que los artistas como Artaud buscaban en las culturas precolombinas una vía hacia un contacto directo con las formas de la naturaleza, un retorno a los orígenes.

Esta situación, que sin duda sacudió la conciencia de los americanos, contribuyó a elevar su autoestima y les aportó elementos para superar el tradicional complejo de inferioridad frente a Europa. Si bien Bolívar y Martí proclamaron con urgencia la necesidad de crear modelos adecuados para superar la dependencia cultural frente a las potencias europeas, los intelectuales se quedaron atrapados en las oposiciones barbarie/civilización, atraso/modernidad, tradicionalismo/cosmopolitismo, etc., en las que entraban en juego la defensa o el desdén hacia lo propio frente a lo foráneo.

Con las vanguardias se rompe, al menos al nivel del discurso, esa falsa dicotomía. Lo foráneo se asimila y cuestiona. Lo propio se redimensiona desde las corrientes de pensamiento foráneas, se le asignan nuevos valores. La sustancia literaria que proporciona la naturaleza americana, se moldea con técnicas como las propuestas por el surrealismo,  por eso no debe extrañarnos que un ensayista como Arciniegas cuestione en 1937 las teorías de los europeos, oponiendo a sus clasificaciones la diversidad; a sus generalizaciones, la pluralidad; presentando argumentos históricos (textos, crónicas, etc.), argumentos medioambientales -como los positivistas-, apelando a la ironía y al humor, aportando su experiencia y su perspectiva: la de un americano que se niega a ser clasificado y encasillado en los moldes eurocentristas.

Nada más apropiado para esta terapia, la de elevar la moral de los americanos, que el ensayo, donde el sujeto puede exteriorizar sus fantasmas bajo formas diversas y con distintas tonalidades. Como todos sabemos, el ensayo es producto de la mentalidad renacentista, que necesita mostrar la interioridad del ser humano, en una aventura ciertamente arriesgada, tal es la de confesarse ante sus contemporáneos. El género obviamente tiene en Montaigne a uno de sus precursores (17). En Essais este señala sus rasgos esenciales: subjetividad y arbitrariedad, los cuales permiten que el sujeto desarrolle su capacidad crítica al aproximarse al mundo que lo rodea (18).

Pero el estilo de cada ensayista es tan personal que es difícil encontrar rasgos comunes entre ellos. Sin embargo, Michel Butor encuentra la unidad del ensayo siguiendo un riguroso análisis estructural (19), es decir, identificando sus elementos y determinando su función y sentido, estableciendo las relaciones entre ellos.

Lukács, en cambio, lo explica desde su función expresiva y su peculiar subjetividad: «Hay vivencias ( ... ) que no podrían ser expresadas por ningún gesto y que, sin embargo, ansían expresión ( ... ) la intelectualidad y la conceptualidad como vivencia sentimental, como realidad inmediata, como principio espontaneo de la existencia; como concepción del mundo en su desnuda pureza, como acontecimiento anímico, como fuerza motora de la vida» (20).

Ciriaco Morón Arroyo en Ensayo y ciencias sociales (21), plantea la necesidad de definir el género a partir del modelo de Montaigne, tomando como punto de referencia un «concepto universal» del ensayo, es decir, una estructura apriori del genera, una realidad que solo puede cobrar el autor se remite a Bacon quien aclara: the word is late, but the thing is ancient (22) y se remonta a las epístolas de Séneca a Lucio, para establecer los orígenes del ensayo.

Como ya se ha dicho, Montaigne elige como disculpa un tema cualquiera para expresarnos su punto de vista sobre diferentes aspectos de la vida, proceso que implica una indagación honda sobre sus principios morales, sus emociones, sus conocimientos, lo cual supone un ejercicio de honestidad cuyo resultado debe ser la desnudez del ser interior, Je m'etudie plus qu'autre subjet. C'est ma metaphysique, c'est ma physique, nos dice.

Así, parte de una historia personal que inserta dentro de una estructura universal, para evitar caer en lo anecdótico. El tema de los coches en «Los coches» -capítulo sexto del tomo III- es una disculpa para darnos sus opiniones sobre el lujo y la vanidad de algunos monarcas y la sensación de malestar que esto le produce y, al mismo tiempo, dejar oír su diatriba anticolonialista, lamentando que los pueblos americanos no fueran conquistados por los griegos y romanos que, a su juicio, hubieran «disipado dulcemente» su «naturaleza salvaje», y no por los españoles que los doblegaron y empujaron hacia la traición, la lujuria, la avaricia y hacia toda suerte de inhumanidad, de crueldad y de cinismo.

Esta retórica facilita la inserción de su pensamiento en el tiempo, en un proceso que parte de él y va hacia el conocimiento de «sí mismo» en la trama del discurso, de modo que la experiencia personal es a menudo la piedra de toque de la verdad. Pero tal argumentación, no exenta de prejuicios morales e ideológicos, no se considera objetiva desde el punto de vista científico.

Al comparar la forma del ensayo con el método científico, Ortega y Gasset nos dice que es la ciencia, menos la prueba explicita (23). A Montaigne no le interesa demostrar nada, el solo pretende exponer una idea y desvelarla a los otros. La subjetividad de esta forma de conocimiento es entonces relativa, pues lo que nos muestra de su experiencia personal con los coches está inserto dentro del concepto del lujo, como expresión de poder, de ciertos imperios, actitud que, a la vez, justifica despotismo y el sometimiento de otros, principio en que se apoya una determinada política colonialista.

Esta actitud frente al conocimiento es retomada por la fenomenología que no pretende demostrar nada, sino invitar a ver, exponiendo las cosas desde una perspectiva determinada. En el ensayo, como señala José Olivio Jiménez, «( ... ) todo depende del enfoque, no del tema» (24), es decir, los marcos de una historia del ensayo están dados «por la presencia de ciertos elementos intrínsecos que tienen que ver con el modo en que un escritor piensa su asunto».

Entre tanto, el método científico de conocimiento, que se apoya en la experiencia y en la observación, va abriéndose paso hacia el Siglo de las Luces en la época de Montaigne, por lo que resulta curioso que en un momento en que las ciencias avanzan mas allá de las fronteras, el autor de Essais se repliegue en su interior e indague en las profundidades de su ser otro tipo de saber que va del  logocentrismo a la escritura en el tratamiento de los temas éticos y morales (o psicológicos), en un diálogo entre el yo y el mundo circundante, de modo que la existencia se va desvelando a sí misma en la escritura.

El ensayo, como afirma José Olivio Jiménez, «cuestiona la verdad establecida, abre fronteras y niega las formas sacralizadas del conocimiento (incluso la propia, pues el ensayo se interroga a sí mismo), cuestionamiento que las enriquece y les da nueva vida» (25). Esa flexibilidad del género permite el libre fluir de las ideas, abre camino a las especulaciones filosóficas, acerca muchas veces la palabra al poema y hace del proceso del conocimiento una grata y arriesgada aventura. «Antidogmático, asistemático y con frecuencia herético», al decir de J.O.J., el ensayista, se convierte muchas veces en la conciencia de su tiempo.

La literatura hispanoamericana nos ofrece una notable cantidad de ejemplos en los que la lucidez del autor destaca tanto como su virtuosismo en el manejo del idioma, como si el hecho de indagar sobre el pasado y el presente, se convirtiera en un ejercicio poético. Desde Mariano Picón Salas hasta Octavio Paz, la pregunta por el ser es prácticamente un ejercicio poético a través del cual se construye la imagen de esa América mágica que Arciniegas descubre al reinterpretar los hechos del pasado, al estilo de Montaigne, como en América tierra firme, donde toma como disculpa el tema de las puertas y los cerrojos, para ilustrar los hábitos de la sociedad colonial hispanoamericana y expresar su inconformidad ante la tendencia de ciertos estudiosos de Hispanoamérica que suelen generalizar desde los parámetros europeos.

El autor de un ensayo pone emoción en sus ideas e intenta confesarse y persuadir haciendo gala de su maestría en el manejo del lenguaje. Esta literatura de tipo confesional pone de manifiesto el carácter del ensayista, que quiere convencer con su exposición, ganar adeptos para su causa y hacer arte -porque pone a su servicio todos los recursos de la estética-, pero, ante todo, quiere como un Mesías, poner su experiencia al servicio de los otros. ¿Vanidad?, ¿humildad?, ¿ausencia de pudor?, ¿autorreferencialidad?, ¿qué ocultas razones empujan a un escritor a desnudarse ante sus contemporáneos?

E1 clima de las vanguardias europeas, tan favorable al ensayo hispanoamericano, aporto, entre otras cosas, un nuevo concepto del ser humano. El descubrimiento del inconsciente por parte de Freud y la concepción marxista de la historia, introdujeron cambios fundamentales en el tratamiento de los temas sociales. Si el positivismo estableció una relación directa entre el ser humano y el medio ambiente en el que se desarroIIa, el psicoanálisis y el marxismo ofrecieron nuevos elementos para explicar el devenir de los pueblos desde un inconsciente colectivo.

Un historiador como Waldo Frank (26), que tanto influyó en autores como Arciniegas, presenta los hechos desde diferentes perspectivas: la del indígena, la de los colonizadores, la de los misioneros, la del mestizo atrapado en el problema de su identidad: «En el mestizo, España y América se unen por primera vez. Y la unión es la guerra. Dos voluntades del mundo se encuentran y se vuelven una con otra. Ninguna puede prevalecer y ninguna puede morir» (27). Esta condición dual del mestizo se convierte en un motivo de reflexión a partir del cual se explican los conflictos de la sociedad hispanoamericana, desde Garcilaso hasta Paz.

Abordar el tema del mestizaje desde la perspectiva de un americano, como ocurre con Arciniegas, implica desvelar el ser interior y abrir una vía para el conocimiento de ese ser americano que se define, siempre en relación a Europa y a los Estados Unidos. Las relaciones con lo europeo, como se ve, suscitan grandes polémicas entre los ensayistas.  José Carlos Mariátegui, Alfonso Reyes y Baldomero Sanín Cano, difunden las corrientes europeas en Hispanoamérica. Este último, como bien señala, José Olivio Jiménez, es una figura por descubrir. Con una visión más moderna que la de muchos de sus sucesores, frente a lo europeo, el colombiano Sanín Cano señala que hay valores «distintos de los nuestros», pero no por ello pueden negarse. Su crítica al concepto de lo «exótica» muestra una actitud abierta y una clara percepción de que 1as ideas cambian y evolucionan, afectando a las diferentes áreas del saber. Los valores europeos, desde su punto de vista, no son los únicos aceptab1es,

José Luis Martínez en De la naturaleza y el carácter de la literatura mexicana, (1960), resuelve este antagonismo entre lo europeo y lo americano explicando que América es una síntesis entre las culturas indígenas y la española y europea como dos brazos que pertenecen a un mismo cuerpo. De este modo presenta como complementarias dos vertientes que se han visto como opuestas. Vasconcelos proclama con entusiasmo la creación de una raza cósmica. Rodó también se reconoce como herencia de España, en tanto es distinta de Norteamérica y de la cultura anglosajona.

Germán Arciniegas comparte con matices estos puntos de vista, ofreciendo argumentos sugestivos. Se trata de una mirada que se centra más en lo que América le aportó a Europa que en lo que esta legó. Al igual que Sanín Cano, considera que los valores europeos no son los únicos validos y que, por el contrario, son los menos indicados para explicar lo americano, que no puede ser interpretado desde la 1ógica, sino des de la magia y ]a poesía -lo mismo defiende Carpentier-.

Después de la Segunda Guerra Mundial empiezan a advertirse en Hispanoamérica los síntomas de un conflicto generacional. En Europa, como sabemos, el desencanto y la crisis dan lugar a las corrientes estructuralistas ahistóricas y deshumanizadoras de los procesos sociales. Las estructuras representan las realidades. La irrupción de los medios masivos de comunicación permiten que América descubra el mundo y se descubra a sí misma. La crítica al pasado es despiadada. Hay una suerte de conciencia moral que invade la producción literaria de la década de los cincuenta.

Con la publicación de El laberinto de la soledad (1950) Paz rastrea las huellas de la identidad mexicana, penetrando en lo más hondo de la conciencia, reinterpretando los mitos de la cultura maya y azteca. Igual que Arciniegas, Paz se detiene en diferentes periodos de la historia, buscando en ellos la esencia de ese carácter ensimismado y taciturno de los mexicanos. En América tierra firme, Arciniegas ya había reflexionado sobre el carácter de los americanos: «(A qué, preguntara el lector, este dolido recuento de lo que fue la grandeza americana? ¿A qué este rastrear por los subterráneos de la historia, cuando todo aquello se fue a tierra y no tenemos a la vista sino la realidad de una cultura fundada en los principios europeos? No. Nuestra cultura no es europea. Nosotros estamos negándola en el alma a cada instante. Las ciudades que perecieron bajo el imperio del conquistador, bien muertas están. Y rotos los ídolos y quemadas las bibliotecas mexicanas. Pero nosotros llevamos por dentro una negación agazapada. Nosotros estamos descubriéndonos en cada examen de conciencia y no es posible someter la parte de nuestro espíritu americano por silenciosa que parezca» (28). Paz señalara la búsqueda del mexicano de una forma que lo exprese y su lucha con entidades imaginarias, con los vestigios del pasado que impiden su realización plena, es decir la lucha del mestizo entre su voluntad de ser y su miedo a ser (29).

No cabe duda de que esa búsqueda de una forma de expresión está íntimamente unida a una voluntad de ser que se aprecia claramente en la obra de Arciniegas. En un artículo publicado en 1992 éste confirma la idea de un ser americano en proceso formativo: «El hombre americano en último término va a ser una creación civil de convivencia que al cabo de cinco siglos, reduzca al bárbaro de Europa y al salvaje de lo que se llamó las Indias Occidentales, a convivir» (30).

Asimismo en Arciniegas la utilización de la gramática, uso de los plurales, de los diminutivos, de formas verbales como «poder ser», «va a ser«, «llegar a ser», etc., no obedece a lo que algunos llaman voluntad de estilo, sino a la necesidad de expresar, primero, un concepto del ser humano como proyecto, como posibilidad -no se confunda este concepto con la idea de que los americanos son inmaduros-; segundo, una voluntad de «ser americano»; tercero una necesidad de escapar de las generalizaciones; y, por último, un placer de ser distinto, inclasificable, diverso, plural, indisciplinado, irreverente. Así se asoma al siglo XXI este eterno estudiante de noventa y seis años que aún conserva su capacidad de asombro y su habilidad para volver insólito e irrepetible elementos cotidianos como los cerrojos, las puertas, las ventanas o los bejucos.

Notas

1  Maturo, Graciela, «La imaginación creadora en la teoría literaria hispanoamericana», en Imagen y expresión. Hermenéutica y teoría literaria desde América Latina, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, 1991, p. 10.
2  Reyes, Alfonso, Obras Completas, tomo IX, México, F. C.E., 1959, p. 403.
3  Arciniegas, Germán, «Nuestra América es un ensayo», en Cuadernos, 11° 73, 1963, pp. 9-16.
4  Arciniegas, Germán, EI estudiante de la mesa redonda, Madrid, lmprenta de Juan Pueyo, 1932.
5  Arciniegas, Germán, América tierra firme, Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1937.
6  Montaigne, Michel, Oeuuvres Completes, Paris, Seuil, J 967.
Arciniegas: 1937, p. 51.
8  Arciniegas: 1937, p. 51.
9  Arciniegas: 1937, p. 52.
10  En América Mágica, Buenos Aires, Sudamericana, 1958, Arciniegas define a Sarmiento como un bárbaro que creía en la civilización, desdibujando así una falsa oposición entre civilización y barbarie.
11  Arciniegas: 1937, p. 52.
12  Arciniegas: 1937, p. 53.
13  Arciniegas: 1937, p. 53.
14  Arciniegas: 1937, p. 53.
15  Arciniegas: 1937, p. 54.
16  Arciniegas: 1937, p. 56.
17  Sobre los orígenes del ensayo ver: Terrase, Jean: Rhétorique de l'essai litteeraire, Quebec, Les presses de l'Universite du Quebec, 1977; Butor, Michel: Essais sur les essais, Paris, Galliimard, 1968; Sayce, R. A., The Essays of Montaigne. A critical Exploration, Lonndon, Weidenfield and Nicollson, 1972; Naudeau, Oliver, La pensee de Montaigne et la composition des «Essais», Geneve, Droz, 1972.
18  En Montaigne, «De Demócrito a Heráclito», en Essais, 11, 12, Paris, Garnier, 1912, el autor aclara que entre los muchos aspectos que puede abordar elige uno para acariciarlo a para penetrar hasta el fondo, por lo que sus juicios se convierten en un elemento imprescindible.
19  Butor, M. en Essais sur les essais, se basa en Montaigne para ofrecernos la estructura del género: a) introducción, tesis, refutación, ironía para ridiculizar la primera, experiencia personal para desmentir la segunda, b) primera proposición, bajo la forma de ejemplo a testimonio, c) narración o confesión, etc.
20  Lukács, Georg, El alma y las formas y la teoría de la novela, Barcelona, Griijalbo, 1975.
21  Morón Arroyo, Ciriaco, «Ensayo y ciencias sociales», en El escritor como crítico literario y el ensayo en la literatura hispánica, en Hispanic Literatures 6th Annual Conference, Oct. 17-18, Indiana, Pennsylvania University, Editor Cruz Menizabal.
22  Citado por Morón Arroyo, Ciriaco; op. cit., p. 6.
23  Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Madrid, Espasa Calpe, 1978, p.
24  Jiménez, José Olivio, Breve historia del ensayo hispanoamericano, Madrid, Alianza, 1990, p. 13.
25  Jiménez: 1990, p. 13.
26  En América hispana, un retrato y una perspectiva, Ed, Espasa Calpe, 1932, una traducción de León Felipe, el historiador explica el complejo comportamiento de los indígenas de los Andesen un «no querer», con el que expresa su rechazo a los civilizadores.
27  Frank: 1932, p. 48.
28  Arciniegas: 1937, p. 103.
29  Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, México, F. C.E., 1985, p. 66.
30  Arciniegas, Germán, «Posdata con coletilla de huracán», Bogotá, EI tiempo, 20 de enero de 1992, en América es otra cosa, Bogotá, Intermedio Editores Círculo de Lectores, 1992.


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